En búsqueda del modus operandi Dei, o la sunnat Allâh "Nuestra labor sería la de sintonizar y sincronizar, lo más que se pueda, el latido de nuestra existencia con el latido de la Realidad misma" Corán & Sunna - 26/01/2009 7:09 - Autor: Sergio Scatolini Apostolo - Fuente: Webislam Vota: - Resultado 71 votos
Etiquetas: musulmanes, islam, coran, labor, sintonizar, sincronizar, pueda, latido, escrito
Mucho se ha escrito acerca de la cuestión si se puede reformar al "Islam" (islâm). Me consta que la intención es mayormente buena; tanto la de quienes responden que sí, como la de los que dicen que no. Si por islâm se entiende la esencia del mensaje universal de Dios a los seres humano, entonces sólo Dios podría reformarlo. Si se lo entiende como el mensaje de Muhammad, una vez más, sólo el Profeta mismo podría reformarlo. Pero si se lo interpreta como la intención y el esfuerzo personal por vivir sometidos a la Realidad más profunda de nuestro ser, a efectuar repetidamente el acto de islâm, entonces habría que decir que no es el islâm lo que debemos reformar, sino a nosotros mismos, a nuestros modos de ver a y relacionarnos con nuestra existencia. Mi opinión es que una vez que se enfoque al islâm de este modo personal y personalista, será más difícil hablar tanto de estados islámicos como del secularismo absoluto. Ambos ocurren juntos, aunque no se los pueda mezclar. Nadie puede hablar más como si él o ella encarnase al islâm, pero tampoco se puede decir más que el islâm no tiene nada que ver con lo que se hace en el espacio social. No hay sociedad sin personas individuales, y el individuo no llegará nunca a ser una persona humana sin la matriz de una sociedad. No es un asunto de “o esto, o aquello”, sino de ambos, sin separaciones deshonestas, ni mezclas forzosas. Y así, al tratar cada musulmán o musulmana de efectuar su islâm, debería uno repensar constantemente cuál es la reacción o respuesta más islámica a cada circunstancia dentro de la cual uno se encuentre. Como lo dice el viejo eslogan: “El islâm no es una ideología, sino un estilo de vida”. No digo esto con la intención de los déspotas de la religión (o de la política), a quienes les encantaría usurpar el lugar de nuestra consciencia, y así tomar nuestras decisiones en lugar nuestro. Si uno les diera riendas sueltas, hasta les agradaría secretamente destronar a Dios y, así, adjudicarse el atributo de malik/mâlik yawm al-dîn (reyes o poseedores del día del juicio final). Por ello, cada día crece mi convicción que el viejo debate de hasta qué punto uno debe seguir la sunna profética (el estilo de Muhammad) nos está sacando de los rieles de la esencia de la Revelación, que no es la imitación del estilo de un hombre (por más inspirado que él haya estado), sino la búsqueda y el seguimiento de Dios y Su estilo. Me digo a menudo que yo debería dedicar mucho más de mi tiempo y muchas más páginas al estudio del Corán (y de las demás revelaciones proféticas) y de los hadices con un objetivo prioritario: el descubrimiento respetuoso de la sunnat Allâh (el estilo de Dios). Porque la manera de “actuar” de Dios es, me parece, mucho más normativa que la de Sus profetas. Se me ocurre ahora, por ejemplo, la vieja cuestión de si la homilía (khotba) durante la plegaria ritual de los viernes debería ser en árabe o en la lengua vernácula. Cuando en mi oratorio, donde esta pregunta fue en un momento muy relevante, sobre todo por pertenecer nosotros a varias comunidades lingüísticas distintas (y por ser pocos los de habla árabe), nos pusimos a leer escritos jurídicos hanafitas, malekitas, shafi'itas y hanbalitas acerca del tema. Para mí, la cosa era mucho más fácil. La pregunta no era “¿Qué dijeron los juristas?”, sino “¿Cómo obraría Dios, según lo que sabemos de Él?”. Y, al-hamdu lillâh, el testimonio coránico es simplísimo y muy sensato: “Nunca hemos mandado [dice Dios] a un enviado sino [con un mensaje] en la lengua de su propio pueblo, para que pudiera exponerles [la verdad] con claridad” (Q. 14:4). Si de veras quisiésemos imitar la moral de Dios, ni nos preguntaríamos qué lengua deberíamos hablar en el culto. Dios ya nos ha dado el ejemplo: a cada pueblo, le ha hablado en su lengua. Mi humilde opinión es, en consecuencia, que nuestra preocupación religiosa con la “tradición”, a saber, la sunna profética, a veces nos vuelve miopes hacia la más elevada sunna de Dios. El estilo de los profetas (incluso de Muhammad) no es importante en sí mismo, sino en función del de Dios. Ser musulmán no es ser un adulador de Muhammad, sino un buscador de Dios. Por ello, desearía invitar a mis hermanos y hermanas musulmanes a una relectura del Corán y de los hadices desde este ángulo y con nuevas pautas investigativas. Nos deberíamos animar mutuamente a rastrear los signos que nos revelan el estilo de Dios. Allâh es, pues, Quien sabe más y mejor. Nuestra labor sería la de sintonizar y sincronizar, lo más que se pueda, el latido de nuestra existencia con el latido de la Realidad misma, nuestros sentimientos con los "sentimientos" de Dios (y aquí me traiciona el lenguaje), apuntando de corazón al ideal, sabiendo que nos sobrepasará siempre (y eso es ihsân).
|